La comida es un festín

Opinión
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Los hombres de humor que se ríen de un buen chiste hasta que unas gotitas se formen en ese punto fino donde los párpados se juntan y dejan caer lagrimitas por el gozo del chiste contado u oído en la mesa. Reír es medicinal, quién  sabe cuántos músculos mueve una buena carcajada, alivia de tensión y angustia al alma. La idea de escribir este texto vino hoy después de comer y acordarme de una película que vi varias veces en el cine Latino de la CDMX, donde un paisano chaparrito  muy propio en su vestido con saco y de corbata recogía el boleto en la entrada; las veces  que fui con mi madre él no nos cobró. El vestíbulo del cine Latino era amplio, había inclusive sofá para sentarse, era un cine elegante; al final de sus días se le llamó cine Latino Plus. Bien, fue ahí donde vi “la película que ganaría un Óscar a la mejor película de habla no inglesa” en 1987; se llama El Festín de Babette; qué bella película. Es un relato sobre una chef francesa que fue cocinera en un lugar de lujo llamado Café de Anglais en París. Ahora vino a mi memoria porque hoy y ayer desayuné paloma en caldillo de jitomate. Al momento de abrir  la cabecita y sorber aspirando sus menudos sesos; me lleva este instante en que el hombre de mundo preside la mesa donde se servía la comida guisada por nada menos que Babette aquella chef que vivió en París y que ahora vive en un pueblito danés como huésped de dos ancianas hija de un pastor luterano fallecido ya. Ellas, las ancianas habían vivido en un ambiente austero lleno de restricciones al más mínimo placer mientras su padre vivió. De modo que la llegada de Babette que es francesa y de una flexible libertad y de mentalidad abierta como es natural en una mujer con el mundo que corre; con notable moderación y cuidado tuvo Babette con estas ancianas, para lo más mínimo era mostrar en sus ojos un ápice de asombro y llamando a la prudencia y a la cordura. El caso es que Babette le pega al gordo de la lotería; y con este dinero decide mandar traer de París desde verduras, cereales, frutas de su añorada Ciudad; vinos, champagnes; caviar, pescado, carnes, quesos…Es así que llega la noche de ofrecer el gran banquete a sus comensales, como una muestra de gratitud a sus anfitriones. El hombre vestido de militar, un aristócrata que en sus viajes a París no dejaba de frecuentar el Café de Anglais y no dejar de probar las codornices preparadas entonces por la joven Babette acompañado antes por una sopa de tortuga con olor de especias y tantito vino blanco. En el momento de iniciar de cenar en aquel pequeño puerto del pueblito danés; el militar habla, reseña mientras sostiene la cabeza de la codorniz agujereada ya  colocándola en su labio inferior mientras aspira sustrayendo los sesos del ave y dice: Esta codorniz tiene exacto el mismo sabor y olor de la codorniz que varias veces comí en el Café de Anglais, estoy sorprendido de la coincidencia de la sazón y de lo que en esta noche para mí de gala esta distinguida casa nos ofrece. Qué delicias! En vino y en guisos, todo espléndido!.

Mientras en la cocina se muestra la ya madura Babette con un semblante satisfecho y como es natural un  asomo de cansancio. La cocina en vapor y flama de las hornillas y los vinos abiertos al final del gran festín.

Esta película es la preferida del padre Francisco, el Papa de ella dice: Las alegrías más intensas de la vida brotan cuando se puede provocar la felicidad de los demás, un anticipo al cielo. Amigos, debo confesarles que siendo yo un adolescente aquí en Juchitán, mi madre me mandaba a cortarme el cabello. Entonces en el Centro una peluquería de Ta’ Pou Beéxe- señor Pou tigre, era su apodo-. Él, de camiseta y de pantalón blanco, descalzo. El piso de la peluquería de tierra; agachadito y abriendo sus piernas mientras con tijera en mano  daba el último remate al cliente. Eso sí! Mientras trabajaba hablaba de los guisos más suculentos y tradicionales del Istmo. Sea que fuere de carne de res, cerdo o pescado; hasta tamalitos blancos con epazote con costilla de cerdo al horno de olla de nixtamal y salsa de jitomate rojo con cebolla cortada esparcida en ella. Ahí aprendí de guisos varios que me hacían agua en la boca. Y al momento de bajarme del sillón me daba cuenta que la patilla muy alta y gran casquete alrededor de la cabeza simulando una redonda jícara. Entonces era! La hora de desaliento sublime y lamentar el hecho de que no hubiera peluquero más sensible y porqué! Tan lejos de la estética?…

Pasan los años ya en la CDMX llegué a conocer el gran Alex que tenía su estética en el Sears de Insurgentes. Era Otro tiempo, sólo que había peluquerías en las colonias con su tubo blanco y sus serpentines de color azul y rojo girando a la entrada de la peluquería. Hasta la vista mis amigos. Cuídense!

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