- Editorial

Manuel Cano y la risa del eterno joven

“Si acaso tuviera a mi padre conmigo / le daría las gracias por estar aquí, / le agradecería mis grandes tristezas, / sus sabios regaños, sus muchos consejos / y los grandes valores que sembró en mi.” recitó al final de su reporte matutino de noticias Manuel Cano López. Leyó con su voz sordina la cita como si se fuera desinflando y se le acabara el aliento exactamente al terminar el último verso. Imaginé su nudo en la garganta, las lagunas de lágrimas inundando sus ojos. Lo escuchaba en el programa Ráfagas del Istmo de César Rojas Pétriz, quien no hizo comentarios y mandó directamente a corte. Era el día del padre.

En las pláticas con Cano siempre salía a relucir un consejo de su padre, una recomendación, su prudencia; siempre trató de emularlo como pudo. El día que iba a presentármelo en un cumpleaños en su casa de Ixtepec el viejo se sintió mal y murió unas horas antes de la de la fiesta. Era entonces un inexperto reportero y él mi jefe de información. Esa tarde me pidió me encargará de los trámites para la inhumación en el panteón en el Ayuntamiento, que no representó mayor complicación porque todos conocían a Manuel Cano no tanto como reportero sino como director de protección civil.

Cuando lo traté como compañero y amigo tenía un poco menos de la edad que tengo, ahora tengo 44, nunca ejerció como jefe hasta que una vez Felipe López Pérez, entonces director del Tiempo del Istmo, le obligó a que nos llamara la atención a mi compañera Roselia Orozco y a mi, su forma de reprendernos fue llevarnos a tomar a la Mansión.

No pasaba de ser uno de los tantos amigos de mi padre que venían a su taller a encargar trabajos, hasta que un día mientras caminaba por la calle Saúl Martínez perdido en mis pensamientos me tiró el carro, un vocho amarillo, que me vino encima y que frenó cuando puse las dos manos sobre el cofre. Cuando levanté la mirada del capó me encontré con la risotada que siempre lo caracterizó, esa carcajada jovial, de un eterno joven, jamás dejó por completo de ser ese muchacho loco que montado en su Jeep venía a fumar mota con su banda de amigos de Acámbaro con la madrina Marocha, como me contó varias veces. A partir de aquél frenazo se convirtió en mi amigo Manuel Cano.

En ese vocho se trasladaba diariamente de Ixtepec a Juchitán, después de dar su reporte matutino en la radio montaba en su carrito amarillo para realizar su trabajo de reportero en los pueblos aledaños. Después de mediodía llegaba rengueando a la sala de redacción aventaba su morralito que contenía cámara y grabadora sobre su escritorio para luego gritarle a Rosy, la secretaria del director, que viniera para dictarle. En la tarde se iba a sus asuntos personales y volvía, aún con copas encima, a Ixtepec en ese bocho que tenía que bombear con el pedal para frenar. Ser su copiloto era una pesadilla.

Originalmente no trabajó en periódicos, desde muy jovencito por recomendación de su padre había empezado como ayudante del viejo Humberto López Lena y después con el junior, el empresario radiofónico priísta y ahora paladín de la libertad de expresión Humberto López Lena Cruz. Me hubiera llamado la atención si leyera lo anterior, era de los que pensaba que el periodismo es para hacer amigos, muy a su manera recomendaba no usar las entrañas ni hacerse de enemigos en el futuro. Olvidaba ese consejo cuando ofendían o perjudicaban a sus amigos.

Sus casi dos décadas en la radio, ya sea como locutor, presentador de noticias, acostumbrado a los largos comentarios en las ceremonias oficiales de las giras de gobernadores y hasta de presidentes de la república, (se ufanaba de ser el primero en pedirle sus primeras impresiones al presidente Salinas de Gortari cuando apenas bajó del avión en una visita al estado) y al corto reporte al aire. Por eso su enfrentamiento con el teclado del ordenador fue muy duro y penoso luego de que le quitaron a la secretaria. En esas batallas con el teclado, nos pedía auxilio para encontrar el @ o para guardar sus notas. Esos auxilios con la computadora las pagaba con idas a tomar cervezas a el bar El Dorado o el Bar Jardín, a ésta última íbamos cuando se enteraba que el elevador del hotel la Mansión estaba descompuesto.

Ese período en que fuimos compañeros del mismo medio fueron de enseñanzas y de conocer amigos, tanto en el medio periodístico como en el político. Cuando nos veíamos con el resto de los reporteros del periódico en los pasillos y en la sala de redacción. Cuando me sentí en un equipo la vez que nos embarcamos en una batalla “de dimes y diretes” de periódico a radio por una nota mía en contra de los dueños de la última. Recuerdo que fue Cano el que tomó la iniciativa y convenció al director para que aquello no pasara en seco “hay que responder” dijo con cierta teatralidad. Los tres mentores que tenía entonces, con intereses encontrados al interior del periódico, los vi unidos al desarrollar sus talentos como cuando los veteranos te enseñan como lanzar con efecto tu primera pelota de beisbol.

Cuando ya nos habíamos servido la suficiente cerveza y pasábamos a las copas de whisky, siempre terminaba contado su sueño de tener su propio periódico para llevarme a trabajar con él, con un mejor sueldo y con toda la libertad. Me confiaba que ahorraba para ello, que compraba las cosas por partes, poco a poco. Su peor inversión fue comprarse por adelantado cuatro computadoras que años después ya no servían casi para nada. Tiempo después cuando ninguno de nosotros trabajaba para el mismo periódico, me llamó a reuniones con Gerardo García Marroquín, entonces vocal ejecutivo del IFE, para armar un periódico, me encargaron diseñarlo, idear un nombre. Pasó otro tiempo mas hasta que finalmente reunieron el dinero, me llamó para que lo llevará a la ciudad de México para adquirir la prensa. Su dinero reunido con el apoyo de Marroquín alcanzó para apartar y luego adquirir un pequeño offset doble carta de segunda mano con la que imprimió lo que dieron en llamar el diario Punto Crítico.

Qué frío y distante morir en tiempos del Covid. Lo acompañé a cada una de las pérdidas de sus seres queridos que se le adelantaron, se sentó a mi lado siempre sereno y servicial, en los sepelios y en las sucesivas ceremonias luctuosas, y en su día último sólo el corto mensaje al teléfono sin despedida, sin lágrimas, sin posibilidad de decirle adiós aunque ya no escuchara. La prisa que nos obliga el miedo al contagio nos evitó darle tierra y que volviera al barro del que fue hecho, como dijo alguna vez Henestrosa. Cuando le llueven las condolencias hasta de los que no lo quisieron, -nadie tiene tantos amigos como el muerto célebre, escribió Pacheco- me llega a ratos su risa desatada de eterno joven. Manuel Cano fue como la lluvia que moja la tierra esta madrugada mientras escribo estos recuerdos y que el sol de medio día habrá secado.

(Gerardo Valdivieso Parada)

 

 

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