- Editorial

Los saldos de la tragedia

La noche del 7 de septiembre del año pasado nos sorprendió con un terremoto con intensidad de 8.2 grados. La tragedia fue terrible para todos. El Istmo, en especial los pueblos de Juchitán, Ixtaltepec, Unión Hidalgo e Ixtepec, quedaron destruidos.

El día 8 el recuento de los saldos nos provocó a todos un gran dolor que a un año de distancia no hemos podido superar. Pareciera que fue ayer porque muchos no hemos podido dejar atrás esta agonía que nos lacera.

Nuestro escenario cambio el mismo instante en que sobrevino la desgracia. En el suelo vimos las casas derrumbadas convertidas en polvo y escombro. Los cuerpos de nuestros muertos bajaron al sepulcro y durante aquellos días nadie dejó de llorar. El miedo y la incertidumbre invadieron a todos mientras veíamos crecer desesperación de familias enteras que perdieron todo.

Fueron días cruentos y difíciles de superar, nos hermanaba el dolor y la solidaridad era la respuesta que buscábamos mientras aprendíamos a convivir con tantas replicas.

Nuestros abuelos quedaron mudos durante días. Dejaron de narrar sus viejas historias para enfrentar el presente. Nuestras mujeres, incansables, acompañaron en todo momento a sus parejas. Niños y adolescentes se refugiaron en los brazos de quienes les daban protección y seguridad.

A un año de distancia la gente empieza a reconstruir la esperanza, la fé, los días que se perdieron como se perdió el gozo por lo tangible y hoy intenta sobrevivir los saldos de aquel terremoto.

La realidad, la cruda realidad es que será difícil reconstruir lo perdido. Pero el Istmo intenta estar de pie, hace esfuerzos para ello. Por supuesto que no será fácil cuando se ha llorado tanto tiempo, cuando se ha perdido mucho, cuando todavía no se tiene la seguridad de que ahora sí van a cambiar las cosas en un tiempo en que todavía tiembla y muchos abandonaron la tierra y decidieron cortar para siempre el cordón umbilical por la decisión de no volver nunca más.

Quienes estamos aquí, quienes seguimos en el mismo lugar, esperanzados levantamos nuestras plegarias a Dios pidiendo una nueva oportunidad, nuevas esperanzas. ¿Acaso no es bueno soñar a pesar de la tragedia?

Lo que duele es la actitud de quienes llegaron a ofrecernos ayuda y se fueron sin hacerlo. Lo que nos duele es la actitud de quienes olvidaron la lección y siguen actuando impunemente. En Juchitán se siguen cometiendo los mismos casos que nos tienen al borde la locura y hacen de la inseguridad nuestro peor enemigo.

Pensamos que es necesario levantar con aliento lo que se ha caído, reforzar lo que quedó endeble. Será necesario un mayor esfuerzo, para reconstruir lo material, pero también para sacudir el alma y fortalecer el espíritu.

Seguimos de pie, es cierto, porque la necedad primero y la necesidad del hombre lo lleva a soportar todo, pero no estamos aún firmes. Necesitamos que las autoridades del más alto nivel de gobierno nos sigan apoyando, urge que lo hagan, porque por si solos, a los pueblos del istmo les va a costar mucho.

Cómo duele que, en medio de la tragedia, todavía hay quienes piensan aprovecharse de las condiciones de nuestra gente. Cómo irrita la actitud nefasta de todos aquellos comerciantes y obreros voraces y sinvergüenzas que con el afán al dinero encarecieron los materiales y la mano de obra. ¿Esos son nuestros mismos paisanos?, esos que se dicen hermanos nuestros, pero que se están hinchando el dinero a costa de los demás.

Muchos de ellos, han hecho leña del árbol caído, pero algún día les tocará pagar las consecuencias de la ambición. En esa misma condición están quienes desgraciaron la vida de nuestros paisanos ofreciéndoles reconstruir sus casas solo para apoderarse de las tarjetas del Fonden que contenían los apoyos otorgados por el gobierno.

Muchos de esos buitres que se hacen llamar constructores, dueños de empresas fantasmas, alguna vez se han puesto a pensar en el grave daño que le han hecho a nuestra gente al mentir para hacerse de sus pocos recursos económicos bajo la promesa de ayudarlos a reconstruir sus viviendas?.

Y qué podemos decir de la gente que prefirió derrochar los dineros que el gobierno les destinó, dedicándose a malgastarlos en cosas vanas. Fueron las empresas cerveceras las que se vieron más beneficiadas en este sentido.

Nuestros pueblos atraviesan por un tiempo grave. No han sido reconstruidas las escuelas, no se han levantado las casas, muchos hospitales están en ruinas y otras consideradas como perdida total. Hay edificios públicos olvidados, iglesias, casas de cultura, mercados y un sinfín de desastres que todavía no se han atendido.

Para superar esta situación será necesario establecer un verdadero plan de reconstrucción que involucre a todos. Ya veremos quien enfrenta el reto.

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